Hay formas más sensatas de enfrentar una crisis existencial que abrir una librería en plena pandemia.
Por ejemplo: ir a terapia.
O aprender a meditar.
O comprar una moto e irse a recorrer Sudamérica.
Yo intenté empezar por la moto.
El problema era que no sabía manejar moto.
Y así nació Quijote.
Todo comenzó con una librería que ya existía
Mucho antes de que existiera Quijote Libros & Café, ya había existido “El Quijote”. Una librería histórica del Quindío fundada por mi tía, probablemente el punto de encuentro cultural más importante que tuvo esta región durante muchos años.
Para mí, entrar allí era como entrar a otro mundo.
Había conversaciones inteligentes, libros por todas partes, café, discusiones sobre arte, escritores, cultura y política. Pero sobre todo, había una sensación difícil de explicar: paz.
Yo no iba solamente porque me gustaran los libros.
Iba porque sentía que ahí pasaban cosas importantes.
Mi tía se convirtió en un ejemplo para mí. Y sin saberlo, también sembró una obsesión.
Cuando esa librería cerró, sentí una tristeza muy profunda. Como si el Quindío hubiera perdido algo que no sabía que necesitaba tanto.
Años después entendí que no solo había cerrado una librería.
Había desaparecido un refugio.
El día que decidí abrir una librería en plena pandemia
El 13 de diciembre del 2020 yo no sabía qué hacer con mi vida.
Profesionalmente me iba bien. Era abogado. Trabajaba. Tenía una vida relativamente estable. Pero emocionalmente me sentía completamente desenfocado.
No era feliz.
Entonces empecé a fantasear con una idea bastante irresponsable: irme a recorrer Sudamérica en moto.
Pasaba horas viendo motos en internet que no podía comprar con el dinero que tenía. Me sentía frustrado, perdido y sinceramente bastante confundido sobre quién era y qué quería hacer.
Hasta que mi hermana me dijo una frase que me cambió la vida:
“Si siempre has querido tener una librería, ¿por qué no abres una? Peor es irte a estrellar en una moto que ni sabes manejar.”
Y honestamente tenía sentido.
Si quebraba una librería, por lo menos podía seguir caminando.
Al día siguiente salí al centro de Armenia y alquilé el primer local que vi libre. Amor a primera vista. Sin plan de negocios. Sin inversionistas. Sin idea de lo que estaba haciendo.
Como buen quijote.
Abrimos con 100 libros prestados
La primera sede fue la del centro comercial Yuldana. Hoy le decimos “la sede Yuldana” para diferenciarla de las demás, pero en ese momento no había “demás”.
Solo existía una pequeña librería con paredes bonitas, demasiados sueños y exactamente 100 libros prestados por mi tío, que también tiene otra librería llamada “De la Mancha”, pero esa ya es otra historia.
Eso era todo.
Todos mis amigos decían que iba a fracasar.
Y la verdad es que al comienzo parecía que tenían razón.
Hubo días donde no vendíamos un solo libro.
Pero lo verdaderamente devastador no era eso.
Lo desgarrador era abrir la librería a las nueve de la mañana, quedarse allí hasta las siete de la noche… y que ni siquiera entrara una persona a curiosear.
Nada.
Ni una pregunta.
Ni una mirada.
Ni alguien entrando solamente para pedir el baño prestado.
La soledad era brutal.
Yo era el único empleado. Dejé mi profesión, dejé de ejercer como abogado y pasé a atender mesas, preparar café y organizar libros mientras muchas personas se burlaban preguntándome cómo había cambiado una carrera profesional por “servir cafés”.
Y aun así, nunca pensé seriamente en cerrar.
Porque había algo dentro de mí que no me dejaba hacerlo.
Terquedad probablemente.
O amor.
Que a veces son exactamente la misma cosa.
El primer cliente de Quijote sigue siendo un misterio
Abrimos oficialmente el 7 de enero de 2021.
Y aproximadamente una hora después de abrir, pasó algo extraño.
Entró una persona que jamás había visto.
No preguntó nada. No recorrió mucho la librería. Simplemente tomó un libro y lo compró.
El libro era Four: El ADN secreto de Amazon, Apple, Facebook y Google, de Scott Galloway.
Todavía no sé quién era esa persona.
Nunca volvió.
A veces pienso que fue una especie de señal del universo.
O tal vez simplemente alguien necesitaba un libro.
Que al final es exactamente la razón por la que existen las librerías.
Quijote nació porque las librerías tradicionales se equivocaron
Hay una idea que siempre me ha obsesionado:
La gente no lee poco porque los libros sean aburridos.
La gente lee poco porque nadie le enseñó que leer también podía ser para ellos.
Muchas librerías tradicionales se convirtieron en espacios pretenciosos. Lugares donde la gente siente que tiene que saber mucho para entrar. Como si hubiera que pasar un examen de intelectualidad antes de acercarse a una biblioteca.
Y eso es absurdo.
Leer no debería dar vergüenza.
Debería dar libertad.
Por eso Quijote nunca quiso parecer una librería solemne.
Queríamos construir un lugar donde alguien pudiera entrar solamente a mirar. O a tomarse un café. O a preguntar por un libro sin miedo a sentirse ignorante.
Un lugar donde leer no fuera un acto elitista sino un acto cotidiano.
Porque el café es la insignia del Quindío.
Porque los libros cambian vidas.
Y porque estamos convencidos de que el humor también puede ser inteligente.
Por eso hablamos distinto.
Por eso hacemos sátira.
Por eso nuestras redes sociales no parecen escritas por un profesor furioso de literatura rusa.
Quijote no nació para los grandes lectores.
Ellos ya tienen sus librerías favoritas.
Quijote nació para quienes todavía no descubren que leer puede cambiarles la vida.
Ser librero en Colombia es un acto de absoluta terquedad
Sostener una librería independiente en Colombia es difícil.
Muy difícil.
Hay meses buenos. Hay meses aterradores. Hay momentos donde las cuentas no dan y uno entiende perfectamente por qué tanta gente cree que abrir una librería es una pésima idea financiera.
Y probablemente tengan razón.
Pero también entendimos algo importante: las librerías no sobreviven solamente vendiendo libros.
Sobreviven creando comunidad.
Sobreviven haciendo que alguien entre diciendo “yo nunca leo” y salga con su primer libro debajo del brazo.
Sobreviven convirtiéndose en refugios.
El día que Quijote se volvió real
Durante mucho tiempo sentí que Quijote era apenas un intento.
Un sueño bonito.
Un accidente emocional con estanterías.
Pero el día que abrimos nuestra segunda sede en Palmira entendí que esto ya era real.
Que no era un capricho pasajero.
Que algo estaba ocurriendo.
Hoy tenemos tres sedes y seguimos creciendo con una idea muy clara: queremos construir una cadena nacional de librerías independientes que llegue a ciudades donde los libros dejaron de sentirse cercanos.
Queremos llegar al Valle del Cauca, Risaralda, Caldas, Cauca, Nariño, Tolima y eventualmente a todo Colombia.
Porque creemos que los libros no deberían pertenecer solamente a ciertos círculos culturales.
Los libros son para todos.
Abrir Quijote fue un grito herido que me liberó
La noche antes de abrir la primera sede me quedé sentado mirando las paredes vacías de la librería.
No sabía si iba a durar seis meses.
No sabía si estaba tomando la peor decisión financiera de mi vida.
Pero por primera vez en mucho tiempo sentía que estaba construyendo algo que sí tenía sentido para mí.
Algo que me hacía feliz.
Y entendí que eso era suficiente.
Hoy sigo convencido de algo:
Uno tiene que perseguir sus sueños incluso cuando parecen ridículos. Incluso cuando todos creen que uno está loco.
Después de todo, eso mismo hizo Don Quijote.
Y probablemente por eso tengo tatuado el Quijote de Picasso en el brazo.
Porque algunos sueños solamente pueden construirse estando un poco desquiciado.
Y honestamente, qué bueno.
Porque gracias a esa locura hoy existe Quijote.
La librería más chimba de toda la región.
—
Daniel Gómez
Fundador de Quijote Libros & Café